El 14 de mayo de 2026 se realizó el webinar "Del piloto al impacto: el punto de inflexión para la IA", organizado por Deloitte en modalidad virtual. La exposición se concentró en la dificultad de integrar la inteligencia artificial (IA) en los procesos y en las formas de trabajo de las organizaciones. Asistentes, modelos generativos y agentes se han incorporado con rapidez, pero la capacidad institucional para convertirlos en cambios sostenibles avanza a otro ritmo.

Los pilotos generan valor cuando se integran en la operación

Las iniciativas de IA pueden detenerse en el paso del piloto al impacto que da título al webinar. Un piloto puede funcionar bien en lo técnico y no llegar nunca al trabajo cotidiano. Para integrarlo hay que asignar responsabilidades, adaptar procedimientos, revisar la calidad de los datos y preparar a los equipos que lo usarán, además de definir cómo se medirá su impacto. Sin esas condiciones, el piloto queda como una prueba que no cambia la forma de trabajar.

La IA evoluciona con tanta rapidez que, mientras una organización todavía analiza una herramienta, aparecen otras que resuelven lo mismo de distinta manera. Surge entonces el riesgo de lanzar un nuevo piloto antes de cerrar el anterior. La "fatiga del piloto", concepto que surgió en la exposición, describe el desgaste de los equipos que pasan de una prueba a otra sin ver mejoras. Cada prueba que no llega a resultados reduce la disposición de las personas a participar en la siguiente.

La autonomía de los agentes aumenta la importancia del diseño organizacional

Con la llegada de los agentes, la integración se vuelve todavía más compleja. A diferencia de los primeros bots, que respondían preguntas o ejecutaban acciones predefinidas, un agente recibe un objetivo, organiza las tareas necesarias y las ejecuta con creciente autonomía. Cuando un sistema actúa dentro de un proceso surgen preguntas sobre supervisión, responsabilidad y trazabilidad. Responderlas, es decir, definir en qué procesos incorporarlo y qué decisiones quedan sujetas a validación humana, corresponde al diseño de la organización más que a la configuración técnica de la herramienta.

Frente a herramientas cada vez más autónomas, el punto de partida de cualquier piloto debería ser el proceso que se quiere mejorar. Entenderlo bien ayuda a evaluar si la IA es la respuesta adecuada, ya que en ocasiones un ajuste sencillo del procedimiento resuelve la necesidad sin incorporar tecnología nueva. Ese análisis evita iniciativas impulsadas solo por la novedad tecnológica. El éxito de un piloto debería medirse por lo que cambia en la práctica, como el tiempo de un trámite o la calidad de un servicio.

Pasar del piloto al impacto requiere comprender los procesos, seleccionar problemas donde la tecnología pueda generar valor y preparar a las personas que la usarán. También exige definir responsabilidades, establecer mecanismos de supervisión y desarrollar la capacidad de aprender a medida que estas soluciones evolucionan.

Autora: Ayleen Madrid Quezada

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